Quiere que, después de haberle amado en la tierra, en el breve transcurso de esta vida, vayamos a amarle eternamente en el cielo. Por lo tanto, si queremos amar a Jesús, lo cual quiere decir, si queremos hacer la voluntad de Jesús, debemos asegurarnos el cielo. Allá arriba se ha de consumar y cumplir nuestra unión con Jesús comenzada en la tierra; allá se ha de consolidar y asegurar de tal manera, que toda desunión entre nosotros y Jesús sea para siempre imposible; allá, por esta perfecta y perdurable unión, se ha de consolar eternamente en nosotros el Corazón de Jesús.
¿Y qué haremos en el cielo, sino consolarnos mutuamente nosotros y el Corazón de Jesús? Jesús nos consolará, haciéndonos entrar en el gozo de su divinidad; nosotros consolaremos a Jesús, porque en nosotros nada habrá que le desagrade, sino, al contrario, habrá en nosotros todo lo que le complace y contenta. Allá la criatura puede decir siempre y con verdad: Mi amado Jesús es todo para mí, y yo soy todo para Él. Sea, pues, este nuestro empeño: asegurarnos el Paraíso. Para este fin evitaremos todo mal, esto es, todo aquello que el mundo tiene de vicioso y defectuoso, y haremos todo el bien, practicando todas las obras buenas que se puedan practicar. Esta es la verdadera manera de asegurarnos el paraíso, porque es imposible que lo pierda aquél, que hace todo lo que ha de hacer para conseguirlo.
Por lo tanto, por encima de todos nuestros pensamientos, ha de dominar siempre el de asegurarnos el paraíso; que todos los demás pensamientos que tengamos, sean para secundarlo, y persuadámonos de que, en comparación con la importancia que este tiene, todos los demás pensamientos no tienen ninguna importancia. Guardémonos de fomentar ningún pensamiento que pueda ponernos en peligro de perder el Paraíso. Es la palabra de Jesucristo que nada le aprovecha al hombre ganar todo el mundo con la pérdida de su alma. En el mundo hacen los hombres gran caso al dinero y de los bienes terrenos, de las ciencias y de las artes, de los placeres y de las satisfacciones, y, en nuestros días de un modo especial, hacen gran caso de los intereses políticos. Parece que muchos, muchísimos, creen haber nacido para los bienes de la tierra, y que, una vez obtenidos éstos, nadan han de buscar más allá.
Entretanto ¿qué se hace en el mundo? En el mundo hay un continuo morir. Aquel que compra un palacio lo adorna y muere; éste adquiere una finca, la cultiva y muere; otro llega a ser literato, artista, político de fama, más ¡pobrecitos! ¡Mueren, sin llevarse consigo cosa alguna que pueda ayudarles para la otra vida! Aunque la muerte sea la cosa más aborrecida y más esquivada, en el mundo no hay más que una continuada muerte.
Hace tiempo que, un día en Génova y otro en Turín, nadie murió- Todos se maravillaron, y el hecho salió publicado en los periódicos. ¡Verdad muy dura para los
hombres, pero muy evidente verdad! En el mundo hay una continuada muerte. Aquí, de todos los bienes que el mundo nos presenta, nos podemos asegurarnos ninguno, ni por un tiempo muy breve: asegurémonos, pues, los bienes del otro mundo; asegurémonos el paraíso; éste es el único bien que podemos asegurarnos, y asegurado éste, todo está asegurado.
¡Ah, si tantos y tantos que van muriendo de día en día, pudiesen volver a la vida, después de haber visto como son las cosas del más allá! No serían, ciertamente, tan necios e inconsiderados que diesen a las vanidades de la tierra la importancia que en vida les dieron. Nosotros, que todavía estamos a tiempo, compadezcámonos de las ilusiones de tantos hermanos nuestros, pero asegurémonos el Paraíso, es decir, la unión eterna con Jesús. Así hemos de hacerlo, si amamos nuestro verdadero bien, SI AMAMOS A JESUS.
martes 9 de diciembre de 2008
domingo 7 de diciembre de 2008
Belleza y bondad.
María no es solamente la privilegiada entre las hijas de Adán. Es también la privilegiada entre las hijas de Dios, como que en Ella derramo tantas gracias, que todas las gracias distribuidas entre todas las demás creaturas de la tierra nunca las superarán; abundancia de gracias como era conveniente para María, que iba a ser Reina de los Ángeles, la Reina de los Santos, la gran Madre de Dios.
Todo el bien que la infinita Divina Bondad ha derramado en todas las obras de la Creación, no alcanza a igualar el bien que depositó en María. Así que su inocencia, pureza y candor incomparables están unidos a tal riqueza de bienes y virtudes, que no-solo es la más hermosa y la más buena entre las obras de la mano de Dios, sino que supera tanto a las demás en belleza y bondad, que no hay parangón posible entre aquellas y María. Es tan grande su belleza y bondad, que ninguna inteligencia de hombres o de ángeles alcanza a comprenderlas, y que solamente comprende en su plenitud su Autor y Dador, el Dios Altísimo.
Escuchemos la voz de la Santa Iglesia, que habla así en la persona del Sumo Pontífice, Padre y Maestro de todos los fieles, el Santo Padre Pío IX: "Dios inefable, cuyos caminos son misericordia y verdad, cuya voluntad es todopoderosa,... desde el inicio y antes de los siglos, eligió y preparó para su Hijo unigénito una Madre, de quién encarnándose naciera en la feliz plenitud de los tiempos, y tanto la amó, que en Ella sobre todo ser creado tuvo complacencia.
Por este motivo, tan admirablemente la enriqueció por encima de todos los Espíritus angelicales y de todos los Santos, de tal abundancia de gracias celestiales sacadas del tesoro de la divinidad; que Ella, exenta siempre de toda mancha de culpa y toda hermosa y perfecta, tuvo tal plenitud de inocencia y santidad, de la cual no puede pensarse una plenitud mayor fuera de Dios, y nadie
fuera de Dios puede abarcarla con el pensamiento". (Bula de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción)
Si pues una belleza y bondad que superan toda belleza y bondad creada merecen amor, AMEMOS A MARÍA.
Todo el bien que la infinita Divina Bondad ha derramado en todas las obras de la Creación, no alcanza a igualar el bien que depositó en María. Así que su inocencia, pureza y candor incomparables están unidos a tal riqueza de bienes y virtudes, que no-solo es la más hermosa y la más buena entre las obras de la mano de Dios, sino que supera tanto a las demás en belleza y bondad, que no hay parangón posible entre aquellas y María. Es tan grande su belleza y bondad, que ninguna inteligencia de hombres o de ángeles alcanza a comprenderlas, y que solamente comprende en su plenitud su Autor y Dador, el Dios Altísimo.
Escuchemos la voz de la Santa Iglesia, que habla así en la persona del Sumo Pontífice, Padre y Maestro de todos los fieles, el Santo Padre Pío IX: "Dios inefable, cuyos caminos son misericordia y verdad, cuya voluntad es todopoderosa,... desde el inicio y antes de los siglos, eligió y preparó para su Hijo unigénito una Madre, de quién encarnándose naciera en la feliz plenitud de los tiempos, y tanto la amó, que en Ella sobre todo ser creado tuvo complacencia.
Por este motivo, tan admirablemente la enriqueció por encima de todos los Espíritus angelicales y de todos los Santos, de tal abundancia de gracias celestiales sacadas del tesoro de la divinidad; que Ella, exenta siempre de toda mancha de culpa y toda hermosa y perfecta, tuvo tal plenitud de inocencia y santidad, de la cual no puede pensarse una plenitud mayor fuera de Dios, y nadie
fuera de Dios puede abarcarla con el pensamiento". (Bula de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción)
Si pues una belleza y bondad que superan toda belleza y bondad creada merecen amor, AMEMOS A MARÍA.
miércoles 3 de diciembre de 2008
Amemos a Maria
Bienvenidos a mi Blog. Un lugar donde iré escribiendo mis pensamientos y mis obras. Un lugar para encontrarnos y aprender sobre nuestro queridísimo Jesús y su tan bella Madre. Y justamente, en el día de su natividad, es que he decidído dar comienzo a este Blog y hablar un poco sobre ella.
María es una hija de Adán y Eva, pero tan distinta de todas las demás, que se puede decir que Ella es hija de Adán y Eva inocentes, no pecadores; en cuanto que la mancha del pecado que sin ninguna excepción contaminó a todas las demás, no alcanzó en lo más mínimo a afectar a María. Ella es hija de Adán y Eva como si Adán y Eva hubiesen conservado la primitiva integridad.
Cuando María fue concebida, sucedió un milagro grande y hermoso, como si una zarza produjera un lirio. Podríamos decir que la inocencia brotó de la culpa. Este milagro tan grande y hermoso fue obra singular y única de la Divina Bondad. Entre todas las creaturas humanas no hubo ni habrá otra que tenga privilegio semejante.
A una concepción, a un inicio de vida tan espléndido e inmaculado siguió luego en María una vivencia tan pura, una inocencia tan íntegra y constante, que hasta los ojos de Dios no encontraron en Ella jamás ni la mancha más pequeña, ni siquiera la menor imperfección de obra o de pensamiento. Desde el inicio hasta el término de su vida, para Ella serían esas palabras del Señor: “Tú eres mi paloma, mi perfecta, tú eres la Inmaculada”.
Si una inocencia, pureza y candor tan incomparables merecen amor, AMEMOS A MARÍA.
María no es solamente la privilegiada entre las hijas de Adán. Es también la privilegiada entre las hijas de Dios, como que en Ella derramo tantas gracias, que todas las gracias distribuidas entre todas las demás creaturas de la tierra nunca las superarán; abundancia de gracias como era conveniente para María, que iba a ser Reina de los Ángeles, la Reina de los Santos, la gran Madre de Dios.
Todo el bien que la infinita Divina Bondad ha derramado en todas las obras de la Creación, no alcanza a igualar el bien que depositó en María. Así que su inocencia, pureza y candor incomparables están unidos a tal riqueza de bienes y virtudes, que no-solo es la más hermosa y la más buena entre las obras de la mano de Dios, sino que supera tanto a las demás en belleza y bondad, que no hay parangón posible entre aquellas y María. Es tan grande su belleza y bondad, que ninguna inteligencia de hombres o de ángeles alcanza a comprenderlas, y que solamente comprende en su plenitud su Autor y Dador, el Dios Altísimo.
Escuchemos la voz de la Santa Iglesia, que habla así en la persona del Sumo Pontífice, Padre y Maestro de todos los fieles, el Santo Padre Pío IX: “Dios inefable, cuyos caminos son misericordia y verdad, cuya voluntad es todopoderosa,... desde el inicio y antes de los siglos, eligió y preparó para su Hijo unigénito una Madre, de quién encarnándose naciera en la feliz plenitud de los tiempos, y tanto la amó, que en Ella sobre todo ser creado tuvo complacencia.
Por este motivo, tan admirablemente la enriqueció por encima de todos los Espíritus angelicales y de todos los Santos, de tal abundancia de gracias celestiales sacadas del tesoro de la divinidad; que Ella, exenta siempre de toda mancha de culpa y toda hermosa y perfecta, tuvo tal plenitud de inocencia y santidad, de la cual no puede pensarse una plenitud mayor fuera de Dios, y nadie fuera de Dios puede abarcarla con el pensamiento”. (Bula de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción)
Si pues una belleza y bondad que superan toda belleza y bondad creada merecen amor, AMEMOS A MARÍA.
María es una hija de Adán y Eva, pero tan distinta de todas las demás, que se puede decir que Ella es hija de Adán y Eva inocentes, no pecadores; en cuanto que la mancha del pecado que sin ninguna excepción contaminó a todas las demás, no alcanzó en lo más mínimo a afectar a María. Ella es hija de Adán y Eva como si Adán y Eva hubiesen conservado la primitiva integridad.
Cuando María fue concebida, sucedió un milagro grande y hermoso, como si una zarza produjera un lirio. Podríamos decir que la inocencia brotó de la culpa. Este milagro tan grande y hermoso fue obra singular y única de la Divina Bondad. Entre todas las creaturas humanas no hubo ni habrá otra que tenga privilegio semejante.
A una concepción, a un inicio de vida tan espléndido e inmaculado siguió luego en María una vivencia tan pura, una inocencia tan íntegra y constante, que hasta los ojos de Dios no encontraron en Ella jamás ni la mancha más pequeña, ni siquiera la menor imperfección de obra o de pensamiento. Desde el inicio hasta el término de su vida, para Ella serían esas palabras del Señor: “Tú eres mi paloma, mi perfecta, tú eres la Inmaculada”.
Si una inocencia, pureza y candor tan incomparables merecen amor, AMEMOS A MARÍA.
María no es solamente la privilegiada entre las hijas de Adán. Es también la privilegiada entre las hijas de Dios, como que en Ella derramo tantas gracias, que todas las gracias distribuidas entre todas las demás creaturas de la tierra nunca las superarán; abundancia de gracias como era conveniente para María, que iba a ser Reina de los Ángeles, la Reina de los Santos, la gran Madre de Dios.
Todo el bien que la infinita Divina Bondad ha derramado en todas las obras de la Creación, no alcanza a igualar el bien que depositó en María. Así que su inocencia, pureza y candor incomparables están unidos a tal riqueza de bienes y virtudes, que no-solo es la más hermosa y la más buena entre las obras de la mano de Dios, sino que supera tanto a las demás en belleza y bondad, que no hay parangón posible entre aquellas y María. Es tan grande su belleza y bondad, que ninguna inteligencia de hombres o de ángeles alcanza a comprenderlas, y que solamente comprende en su plenitud su Autor y Dador, el Dios Altísimo.
Escuchemos la voz de la Santa Iglesia, que habla así en la persona del Sumo Pontífice, Padre y Maestro de todos los fieles, el Santo Padre Pío IX: “Dios inefable, cuyos caminos son misericordia y verdad, cuya voluntad es todopoderosa,... desde el inicio y antes de los siglos, eligió y preparó para su Hijo unigénito una Madre, de quién encarnándose naciera en la feliz plenitud de los tiempos, y tanto la amó, que en Ella sobre todo ser creado tuvo complacencia.
Por este motivo, tan admirablemente la enriqueció por encima de todos los Espíritus angelicales y de todos los Santos, de tal abundancia de gracias celestiales sacadas del tesoro de la divinidad; que Ella, exenta siempre de toda mancha de culpa y toda hermosa y perfecta, tuvo tal plenitud de inocencia y santidad, de la cual no puede pensarse una plenitud mayor fuera de Dios, y nadie fuera de Dios puede abarcarla con el pensamiento”. (Bula de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción)
Si pues una belleza y bondad que superan toda belleza y bondad creada merecen amor, AMEMOS A MARÍA.
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