martes, 9 de diciembre de 2008

¿Qué quiere de nosotros Jesús?

Quiere que, después de haberle amado en la tierra, en el breve transcurso de esta vida, vayamos a amarle eternamente en el cielo. Por lo tanto, si queremos amar a Jesús, lo cual quiere decir, si queremos hacer la voluntad de Jesús, debemos asegurarnos el cielo. Allá arriba se ha de consumar y cumplir nuestra unión con Jesús comenzada en la tierra; allá se ha de consolidar y asegurar de tal manera, que toda desunión entre nosotros y Jesús sea para siempre imposible; allá, por esta perfecta y perdurable unión, se ha de consolar eternamente en nosotros el Corazón de Jesús.

¿Y qué haremos en el cielo, sino consolarnos mutuamente nosotros y el Corazón de Jesús? Jesús nos consolará, haciéndonos entrar en el gozo de su divinidad; nosotros consolaremos a Jesús, porque en nosotros nada habrá que le desagrade, sino, al contrario, habrá en nosotros todo lo que le complace y contenta. Allá la criatura puede decir siempre y con verdad: Mi amado Jesús es todo para mí, y yo soy todo para Él. Sea, pues, este nuestro empeño: asegurarnos el Paraíso. Para este fin evitaremos todo mal, esto es, todo aquello que el mundo tiene de vicioso y defectuoso, y haremos todo el bien, practicando todas las obras buenas que se puedan practicar. Esta es la verdadera manera de asegurarnos el paraíso, porque es imposible que lo pierda aquél, que hace todo lo que ha de hacer para conseguirlo.

Por lo tanto, por encima de todos nuestros pensamientos, ha de dominar siempre el de asegurarnos el paraíso; que todos los demás pensamientos que tengamos, sean para secundarlo, y persuadámonos de que, en comparación con la importancia que este tiene, todos los demás pensamientos no tienen ninguna importancia. Guardémonos de fomentar ningún pensamiento que pueda ponernos en peligro de perder el Paraíso. Es la palabra de Jesucristo que nada le aprovecha al hombre ganar todo el mundo con la pérdida de su alma. En el mundo hacen los hombres gran caso al dinero y de los bienes terrenos, de las ciencias y de las artes, de los placeres y de las satisfacciones, y, en nuestros días de un modo especial, hacen gran caso de los intereses políticos. Parece que muchos, muchísimos, creen haber nacido para los bienes de la tierra, y que, una vez obtenidos éstos, nadan han de buscar más allá.

Entretanto ¿qué se hace en el mundo? En el mundo hay un continuo morir. Aquel que compra un palacio lo adorna y muere; éste adquiere una finca, la cultiva y muere; otro llega a ser literato, artista, político de fama, más ¡pobrecitos! ¡Mueren, sin llevarse consigo cosa alguna que pueda ayudarles para la otra vida! Aunque la muerte sea la cosa más aborrecida y más esquivada, en el mundo no hay más que una continuada muerte.

Hace tiempo que, un día en Génova y otro en Turín, nadie murió- Todos se maravillaron, y el hecho salió publicado en los periódicos. ¡Verdad muy dura para los
hombres, pero muy evidente verdad! En el mundo hay una continuada muerte. Aquí, de todos los bienes que el mundo nos presenta, nos podemos asegurarnos ninguno, ni por un tiempo muy breve: asegurémonos, pues, los bienes del otro mundo; asegurémonos el paraíso; éste es el único bien que podemos asegurarnos, y asegurado éste, todo está asegurado.

¡Ah, si tantos y tantos que van muriendo de día en día, pudiesen volver a la vida, después de haber visto como son las cosas del más allá! No serían, ciertamente, tan necios e inconsiderados que diesen a las vanidades de la tierra la importancia que en vida les dieron. Nosotros, que todavía estamos a tiempo, compadezcámonos de las ilusiones de tantos hermanos nuestros, pero asegurémonos el Paraíso, es decir, la unión eterna con Jesús. Así hemos de hacerlo, si amamos nuestro verdadero bien, SI AMAMOS A JESUS.

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